Caminaba por las calles de la cuidad sin rumbo fijo, las calles totalmente despobladas. Se sentó en la acera y, a continuación, sacó un paquete de tabaco del bolsillo, cogió un cigarro, lo encendió, y volvió a guardar el paquete.
Había pasado horas allí sentada, nadie la echó en falta, tampoco tenía prisa. De pronto empezó a sonar una música, preciosa para su gusto, la cual identificó al momento. Tchaikovsky. El Lago de los Cisnes. Y sin más, una explosión de recuerdos en su cabeza. Un día de lluvia, caminando con él por las calles mojadas, refugiados bajo el mismo paraguas. Sin más suena música, él deja el paraguas a un lado y la coge de una mano, pegan sus cuerpos y se ponen a bailar. Sí, bajo la lluvia. Ella reía, como nunca lo había echo, y él se sintió orgulloso por hacerla reír, echaba de menos esa preciosa sonrisa...
Otros muchos recuerdos coaccionaban en su mente. Unos se entrelazaban con otros. Otros, incluso, se desvanecían, aunque no se olvidaban. Todos los recuerdos se quedaban ahí, en su cabeza. Se levantó de su lugar, quitó sus Vans negras y las dejó a un lado, y, aún al son de la música, se puso a bailar. Sus pasos eran elegantes, firmes y limpios, era una gran bailarina y, a pesar de su estado, estaba muy metida en la música.La música paró de sonar, se sentó en su luegar anterior, volvió a colocarse las Vans y, en ese instante, se veía al Sol salir de su escondite. Ella se quedó admirando ese precioso y mágico paisaje. Frente a ella, y delante del paisaje, diferenció a una figura humana. Estaba claro, era él, sin duda. Corrió y se abalanzó sobre él y le besó, él no rechazó la idea, parecía considerarla... buena.